La impostura americana

31 01 2006

En 1996 el escritor y periodista ilicitano Vicente Verdú (n. 1942) fue galardonado con el XXIV Premio Anagrama de Ensayo por su libro El planeta americano. Ahora, ya en pleno siglo XXI y sumidos como estamos en el primer conflicto bélico de gran magnitud del nuevo milenio, se hace especialmente oportuna la lectura de esta magnífica obra de análisis sociológico, en la que queda delineada de un modo extraordinario la particular idiosincrasia de ese país llamado Estados Unidos. Página a página, el autor va desguazando la particular (y en muchas ocasiones espeluznante) personalidad colectiva de la nación más poderosa del mundo, enriqueciendo su exposición con numerosos datos estadísticos, interpretaciones económicas y politológicas y no pocas anécdotas personales. Y es que Verdú vivió durante un tiempo en ese país, y tan horrorizado regresó a la “vieja Europa” (ya saben, la senil Europa de Aristóteles, Cervantes y Beethoven) que se decidió a exorcizar sus fantasmas escribiendo un ensayo a modo de grito liberador.
Estados Unidos se considera a sí mismo como el país que inventó la democracia y en el que hay más libertad; esta idea, profundamente falaz, es la que se les inculca a los niños americanos desde que son muy pequeños, con el objetivo de “fabricar” buenos patriotas que no rechisten pase lo que pase y que sean tan inconscientes como para elegir como presidente a cualquier bobalicón (v.gr. George W. Bush). Porque, que no se engañe nadie, USA no es ese lugar utópico y deseable que nos venden las películas de Hollywood, sino todo lo contrario, como demuestra Verdú de un modo prácticamente irrefutable. A través de varios capítulos con temas muy específicos, El planeta americano va mostrando la verdadera naturaleza norteamericana, llena de violencia, hipocresía, clasismo… Los datos hablan por sí solos y son auténticamente heladores: el 46% de la riqueza está en manos de un 1% de la población, se produce un homicidio cada 14 minutos (22.000 al año, muchísimos más que en cualquier otro país), hay 1100 asaltos callejeros y 33 violaciones al día, los telediarios sólo emiten noticias de desastres naturales y de deporte (no hay información internacional) y la televisión vomita 45 reality shows cada jornada… Mueren al año muchos niños en hospitales de Nueva York (no pensemos en otras ciudades) por falta de atención médica, ya que en Estados Unidos ni los que no producen beneficios para el erario público (parados, mendigos, inmigrantes sin trabajo…) ni sus hijos tienen derechos, ni sanitarios, ni de otro tipo; el 80% de los jóvenes es partidario de la pena de muerte, aplicada en 38 estados; negros, hispanos y orientales son tratados de un modo racista lo que contribuye a la desintegración social… Los intelectuales son despreciados sistemáticamente en ese país (incluso los premios Nobel son despedidos de las empresas si se dedican a “investigar” en lugar de fabricar cosas que den buenos dividendos), y todo lo que huele a europeo es desterrado de inmediato para evitar contagios… Y todo esto ocurre mientras la población reza a su dios particular (que luce una túnica con barras y estrellas) en una nación en la que hasta el ateísmo es ilegal.
Podríamos seguir con esta lista de barbaridades y llenar con ella muchas páginas, pero lo más conveniente es que el lector interesado acuda al libro de Verdú. Lo único que pretendemos con esta breve reseña es alertar del profundo cinismo con que ha actuado durante toda su breve historia Estados Unidos, cinismo perfectamente dibujado en El planeta americano. USA, un país donde los estudiantes de los últimos cursos de la high school no saben ubicar en un mapa en blanco ni su propia patria (no es broma ni exageración), donde el dólar y la ignorancia son las principales señas de identidad y donde aquello que no gusta es eliminado a tiros, lleva más de un siglo en guerra con el mundo, justificando sus desmanes con argumentos más ridículos cada vez. Ahora le ha tocado a Irak (cuna de la Humanidad, madre de la escritura…) ser el blanco de la ira yanqui. ¿El motivo? Ser una “amenaza” para el mundo. ¿Cómo va a ser una amenaza un país depauperado, desarmado (si algo de armamento le queda, está inservible) y totalmente oprimido por años de dictadura? A Estados Unidos todo le da igual mientras deje el pabellón bien alto ante sus autistas ciudadanos y consiga “su petróleo”, enterrado “por error” en Oriente Medio. Y lo más terrorífico es que muchos países (España especialmente) están empezando a imitar al vecino norteamericano… Quién sabe, tal vez dentro de 20 ó 30 años cualquier francés, noruego o chino que visite Irak piense lo mismo que un soldado americano que, al ver el país enemigo, exclamó: “¡Qué atrasados que están estos individuos! Todavía no he visto un McDonald´s.”

Jorge Fernández Jaén





George y la lámpara maravillosa

28 01 2006

Abatido como nunca George se refugió en su despacho. En la CNN las noticias empeoraban a cada segundo. Hundió la cara entre sus manos y lloró a moco tendido sintiendo que, hasta eso, lo hacía mal. Todo el mundo, su mundo, ese que le habían prometido, se burlaba de él y no podía hacer nada para evitarlo. Había seguido todos los consejos al pie de la letra, y aun así, nada, todo mal. Miente, le habían dicho, y él a mentir. Cállate, le decían, y él chitón. Estaba rodeado de incompetentes, eso debía ser. No era posible que todas las decisiones que tomaban por él fueran las erróneas pero, al parecer, así era. Todos le odiaban, todos. Hasta los que se suponía que estaban de su parte murmuraban a sus espaldas. En más de una ocasión les había oído llamarlo idiota. Idiota con cara de mono, decían entre risas. Había rezado para que la gente creyese sus mentiras, pero sus plegarias no parecían surtir efecto. ¿Qué Dios Todopoderoso era capaz de negarle su gracia a él, al dueño del mundo? Quizá Uno con miedo a la competencia.
Lo pensó detenidamente y después de enjugarse los ojos y sonarse los mocos se decidió. Por probar… Abrió el receptáculo secreto en la pared y sacó la vieja lámpara. La frotó con avidez y tras una brillante nube de color púrpura apareció el genio. Su expresión era de cierto reproche.
- ¿Y ahora qué? –bufó el mago de mala gana.
- ¡Quiero pedir otro deseo!. ¡Te lordeno!.
- ¿Cómo? Rotundamente no. ¿Quién eres tú para ordenarme a mí nada?
- ¿Qué? Pos lamo del mundo, no tagas el tonto.
- Por supuesto… -dijo el genio conteniendo la risa.
- Dijistes, me jurastes que se cumpliría mi deseo, pidiese lo que pidiese y mira -espetó señalando las pésimas noticias de la CNN-. Tos se burlan de mí.
- Evidentemente que se burlan, te lo dije. Y me parece recordar que también te hablé de los efectos colaterales derivados de la adjudicación del deseo. Es del todo inevitable.
- …
- Un necio a la cabeza del mundo no deja de ser un necio. Deberías haber reflexionado un poco antes de elegir. Me marcho.
- ¡Yo y tú lleguemos a un trato, ¿no tacuerdas?! –pataleó George desesperado-¡¡Soy tu amo, quiero otro deseo y quiero otro deseo y sacabó!!.
Los dos mantuvieron la mirada un instante; la del genio impávida y superlativa, la de George más simiesca que nunca.
- Sólo uno, por favor. Venga… –suplicó.
- Uno por presidente y mandato, lo sabías y lo malgastaste. Ya no hay remedio.
- ¡No, por favor! ¡No te vayas!. –dijo mientras corría tras él.
El genio se transformó de nuevo en la espectacular nube rosada y volvió al interior de la lámpara dejando a George con la palabra en la boca. Este, enajenado por la frustración, trató de propinar una patada al maravilloso objeto, dándole sólo de refilón y mandando, eso sí, uno de sus zapatos al otro lado del despacho oval. El cuadro de Lincoln encajó el zapatazo con dignidad y George se quedó en su sitio, descalzo de un pie y sin nada en la cabeza. En el interior de la lámpara el genio se atusó el turbante. -Dominar el mundo… –se dijo divertido- Ja, menudo gilipollas. Bill aguantó con un par de güevos y sólo pidió una mamada.

Josmachine





Acerca de la cultura

27 01 2006

Vivimos tiempos dogmáticos. La sociedad se ha dejado llevar por las grandes palabras, ha entrado en ellas y, desde dentro, las ha dinamitado. Todo se define ahora con grandes conceptos -Democracia, Libertad, Justicia, Derecho…-; conceptos vacíos de contenido pero que son argumento de autoridad y que unos y otros utilizan en pro de sus intereses. Lo mismo ha sucedido con la Cultura cuya vulgarización es, si cabe, más escandalosa: Cultura como Civilización (occidental para unos, global para otros); Cultura de una sociedad, o de una fracción de ella; Cultura enciclopédica; Cultura contra cultura (basura, nazi, integrista, terrorista); Cultura antropológica, la destrucción total del concepto porque, desde este punto de vista, la Cultura es en sí misma cultural, se construye y, por tanto, ya no sirve para defender, básicamente, ninguna identidad, que es para lo que más se ha utilizado desde el siglo XIX.
Este escueto recorrido nos sirve para contemplar cómo la Cultura se mide con un doble rasero: la Cultura “buena”, la de las grandes palabras y los grandes conoci-mientos -occidental, enciclopédica-; y la cultura “mala”, la perversa -integrista, nazi, basura, terrorista, nacionalista, antropológica-. Es obvio que en nuestra sociedad se fomenta la Cultura “buena”, pero no sólo para oponerla a la “mala”, la cuestión es más perversa.
La Cultura “buena” es también dogmática, como la “mala”, y el dogmatismo tiene el poder de hacer creer a la sociedad que está en posesión de la verdad, por lo tanto esa sociedad ya no va más allá, no se cuestiona el estado de las cosas, no discute y no evoluciona.
Se fomenta la cultura enciclopédica como fuente máxima de conocimientos y se impulsa con las nuevas tecnologías y el libre acceso a la información. Esta vulgarización de la cultura no deja lugar a que se cuestione esa información porque, supuestamente, vivimos en una sociedad plural, pero sólo supuestamente. Un recorrido por los medios de comunicación permite descubrir el verdadero sentido de lo que se ha dado en llamar “pensamiento único”; no hay debate de ideas y, desde mi punto de vista, éste es el papel de la Cultura en la actualidad: debatir…
Hay que recuperar la autonomía de la Cultura, aunque eso signifique quedarse sin la protección del aparato. La definición de Cultura que propongo, siempre provisional y huyendo del dogmatismo, es: “conocimiento crítico”. El saber tradicional, enciclopédico, proporciona las bases para la crítica, pero esta crítica ha de ser valiente y debe atreverse a aventurar las opiniones que a la mayoría pueden parecer descabelladas; eso sería síntoma de que se está en el buen camino. No me estoy refiriendo a levantar polémicas estériles, cosa muy en boga, sino a buscar y defender argumentos, a investigar, a poner de manifiesto las contradicciones, a conocer.

Ruth