Lágrimas

2 02 2006

Solo vi llorar a mi abuelo en una ocasión. Lo hizo delante de mí aquella vez que me llevó a la ciudad, al cine. A mi abuelo siempre le gustaron las películas, pero mucho más los cines. Decía que eran la prueba de que la magia existe.
Recuerdo como se apasionaba hablándome de “La diligencia” y de “Centauros del desierto” y sonrío al recordar a mi abuela diciéndole que no fuese pesado mientras servía esos maravillosos pastelitos de almendra a la hora de la merienda.
A los siete años nunca había estado en un cine y esa pasión que demostraba mi abuelo al hablar de ellos me hacía soñar con el momento en que, por fin, podría ver una película en alguno de aquellos maravillosos palacios, como él los llamaba.
Las películas te hacen soñar –solía decir- pero el sueño cobra vida si las ves en una enorme pantalla, después de que el telón se descorra y sepas que, en ese momento, es cuando vas a viajar a un mundo maravilloso. El cine no es solo la película, es el lugar del que salen sus imágenes, sus besos, sus estampidas y sus paisajes.
Esas estimulantes palabras parecieron querer convertirse en realidad el día que mi abuelo, al fin, me llevó a la ciudad, al cine.
Cogimos el autobús y durante todo el trayecto hablamos de películas y actores y épicas aventuras. La conversación continuó mezclada con el caos de la ciudad de camino al palacio. Al fin llegamos y fue allí, delante de la monumental fachada donde mi abuelo, embargado por la tristeza, apretó fuerte mi mano y derramó dos lágrimas de dolor. Donde antes ponía Cine Capitolio quedaba tan sólo una palabra aséptica y monstruosa: ZARA.
Después de aquel día, mi abuelo jamás volvió a creer en la magia.

Josmachine


Acciones

Información

Deja un comentario