El premio

10 02 2006

En cuanto la vi detrás de la barra, deseé chuparle las tetas… Pero no con la ingenuidad y ridícula lascivia de los adolescentes, de los no iniciados en el divino arte succionatorio que babean espasmódicos sobre las incipientes mamas de sus primeras novias de un modo tan errático y desesperado que parecen títeres movidos por un vendaval en un día tormentoso. No. Yo deseaba hacerlo con la conciencia plena del geómetra, concentrado en cada punto, en cada lugar mínimo de aquellos pechos pálidos que podían entreverse apenas por el escote oblicuo. Quería lamer con elegancia aquellas formas atávicas, de un modo ordenado y sapiente, como si tal tarea fuese una ciencia exacta y yo el puto Premio Nobel de Tetología, y detenerme de vez en cuando (mi cuerpo perpendedicular a su ombligo, tumbado sobre el suelo, como mandan los cánones del goce tácito) para mirar de reojo su sonrisa, convertida en cerro manso y en cúmulo de bondad y apretar el paso en el último momento (dicha inefable…) justo cuando los pezones se yerguen amistosos para metamorfosearse en dolmen de granito, prodigio gótico de la anatomía humana.
Todo esto sentí nada más verla, y tal vez lo intuyó, pues me sirvió el gin-tonic con angostura sin dejar de inquirirme blandamente como una maestra novata. Me miraba despacio, paralizando el tiempo a su alrededor en aquel marasmo enloquecido de chicos y chicas emborrachándose en medio de cien mil mesas desubicadas, santuario bobo de los sábados noche al que llamamos de ordinario discoteca.
Me senté con unos amigos a unos metros de la vestal e imaginé ronco cuánta gloria le aguardaba al maldito afortunado que despertara a la mañana siguiente junto a ella. Sentí envidia dolorosa del destino mismo por saber que no sería yo quien le susurrara algo dulce al oído para despertarla y volverla al mundo de los mortales, donde ella fuese, un día más, la walkiria suprema del deseo. Mis amigos hablaban de cosas insustanciales, como debe ser en estos trances, ya que nadie esperaría recibir lecciones de arte rupestre o filosofía de ningún compadre traspasado por le flecha etílica y certera del Dr. Chupito. Y yo los oía sin escucharlos, confundiendo sus palabras con el tamborileo sordo de mi atribulado corazón, herido por la imagen de la bella sirviendo copas (sin dejar de sonreír, vive Dios, ni un segundo) a una asquerosa caterva de faunos que la devoraban en silencio mientras cogía con su mano izquierda cualquier tálamo de ambrosía.
A los veinte minutos de mi llegada, me dirigí de nuevo a la barra y con toda la suficiencia de que es capaz un hombre con el cerebro inflamado por una mezcla de suero de hormonas e incontinencia mental, le pedí otro gin-tonic:
- Muy bien, otra copa. Dos mejor que una, ¿verdad?
Intenté estar a la altura de las circunstancias, lo juro, pero un levísimo tartamudeo seco me hizo iniciar la respuesta de un modo patético y entrecortado, lo que mostraba de matute, amén de que yo no era menos baboso que los demás, que podía escollarme en los momentos más inoportunos:
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