MIEDO

25 07 2006

Harlock me vigila. La mayoría del tiempo ni me doy cuenta y, entonces, me aburro, me deprimo e, incluso, me lo paso bien. Pero de repente es ese rayo que me cruza la frente y, entonces, acelerar el paso y moverme, sobre todo no dejar de moverme. Patear la ciudad cuatro veces si hace falta, pero nunca dejar de moverme y, quizá, buscar cobijo en un cine o en casa, temblando, agazapado, apretando el puño para intentar defenderme si en una de estas le da por atacar cuando salgo de la ducha o me pongo a ordenar las bolsas de Mercadona.

JM Soriano





El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga.

14 07 2006

Mirando mis libros, me doy cuenta de que siempre he perseguido a Bernardo Atxaga, aunque la mayor parte de las veces él ha llegado hasta mí de casualidad. Aquella extraña edición de Dos hermanos, o su autógrafo en El hombre solo. De todo lo leído, puedo afirmar que Atxaga es un hábil antagonista. Su Obaba no sería nada sin el otro mundo al que se enfrenta. Y no por ser mundos contrapuestos Obaba sale perdiendo. Al contrario, Obaba sólo es real, y lo parece, por contraposición. Como lectora desde el otro mundo que no es Obaba, he llegado a dudar de mi propia realidad.El hijo del acordeonista llegó también de casualidad. Había despertado mi interés pero, a la espera de una edición de bolsillo, había ido posponiendo la decisión de leerlo. Un regalo y un “léelo tú primera, que eres más rápida”, me dieron la oportunidad.

Es una novela sobre un manuscrito y una vida, en la que cuenta lo que no está escrito (y Atxaga es un maestro de la “no escritura”). El autor nos desliza por la memoria de la Guerra Civil, la posguerra y la Transición, de la mano de un personaje que lucha contra lo que es y huye de lo que no es. El personaje de David, con un valor difícil de describir, se resiste a olvidar todo lo que pugna por desaparecer: la lengua, el pasado, el futuro,…,. La metaliteratura, siempre tan reveladora en Atxaga, nos descubre un corazón donde sólo creímos ver tinieblas y escribe sobre lo escrito desdoblando al personaje y haciendo verdad aquello de que no somos capaces de conocernos ni a nosotros mismos.

¿Lo peor de la novela? Que se termina.

Ruth Adsuar





Muy barato

3 07 2006

El otro día, después del trabajo, quedé con un amigo para tomar una caña (costumbre ésta del todo conveniente en una sociedad en la que parece que los asalariados deben sentirse culpables por divertirse en algún momento de la jornada laboral) y me quedé estupefacto cuando me espetó lo siguiente: “Tío, he encontrado un piso nuevo baratísimo: ¡sólo piden 29 millones!”. Ahí queda eso para la posteridad señores, “sólo” 29 millones de las antiguas (a estas alturas antediluvianas) pesetas. Algo muy grave, espeluznante casi, está sucediendo en nuestra sociedad para que una persona que está soltera, que cobra menos de mil euros al mes y que no sabe si tendrá trabajo dentro de seis meses sienta de un modo sincero que un piso de menos de 90 metros cuadrados que estará corroído por las enfermedades propias de las estructuras civiles dentro de 50 años y por el que piden 29 kilos es barato. Dice en uno de sus libros Ernesto Sábato que en la sociedad del bienestar la realidad tiende a relativizarse y que por ello acabamos siendo insensibles ante los muertos cotidianos del telediario o ante tantas injusticias objetivas y repugnantes que nos rodean. Nada nos conmueve, a todo nos acostumbramos y por ello terminamos por aceptar como normales cosas que atentan contra el más elemental sentido común. Sólo el cine, los efectos especiales y los videojuegos (una suerte de “hiper-realidad”) consiguen despertar algún tipo de conciencia de lo inmediato, una conciencia virtual e inútil. Por este motivo, una cantidad de dinero que ningún trabajador podría asumir ni en 30 vidas (sumen ustedes a los “escasos” 29 millones los intereses de nuestras amigas las hipotecas) ha llegado a percibirse como liviana. Que haya pisos de iguales características por 40 ó 50 millones no hace que 29 sean un chollo. Hora es de despertar de esta absurda anestesia a la que nos están sometiendo los especuladores con la connivencia del gobierno y salir a la calle a hacer ruido, a ver si así despierta de su ilusión colectiva de barataria tanto humilde trabajador que está hipotecando su vida y su libertad por 90 metros cuadrados de oxígeno.

Jorge Fernández Jaén