El otro día fui a la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Sí, ya sé que resulta paradójico que un ateo de manual como yo acuda a un lugar tan profundamente religioso como ése, pero es que soy del parecer de que para sentir antipatía por algo hay que conocerlo previamente. La cuestión es que, entre beatos, monjas y demás habituales en este tipo de sitios me sentí de repente conmovido por una especie de sentimiento mesiánico, como si un mal muy grande tuviera que ser anulado por mi humilde persona. Y allí, en medio de aquella vorágine de corderos obedientes me convertí por unos segundos en una suerte de padre Merrin. Además, para que quedara constancia de mis servicios, un ángel me fotografió. Iluminado por un día.
P.D. No, finalmente no me tropecé con su Santidad Benedicto XVI.
Jorge Fernández Jaén

Hay que recuperar la autonomía de la Cultura, aunque eso signifique quedarse sin la protección del aparato. La definición de Cultura que propongo, siempre provisional y huyendo del dogmatismo, es: "conocimiento crítico". El saber tradicional, enciclopédico, proporciona las bases para la crítica, pero esta crítica ha de ser valiente y debe atreverse a aventurar las opiniones que a la mayoría pueden parecer descabelladas; eso sería síntoma de que se está en el buen camino. No me estoy refiriendo a levantar polémicas estériles, cosa muy en boga, sino a buscar y defender argumentos, a investigar, a poner de manifiesto las contradicciones, a conocer.
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