Una vida

21 11 2006

Parecía negarse a admitir su destino, aun así iba encanijando penosamente.
Su cuerpo se encorvaba a la vez que el tiempo le iba quemando por
dentro y por fuera. Se movía con brusquedad, incluso a veces parecía
que se convulsionaba.
Apartado, en un rincón de su mano, se mecía empotrado entre sus dos dedos.
Ambos se movían a la par que aquella vieja mecedora. La cal de la pared era
tan blanca como ambos, así pues los dos parecían fantasmas que no paraban de
ir y venir de ningún sitio a ninguna parte.
Lo apretaba con fuerza a veces, lo acercaba a su boca y consumía su vida
como la de él mismo, igual de compenetrados que siempre. La parte de si
mismo que iba acabando ascendía a la nada en forma de humo, se perdía.
Nadie lo recordaría nunca más.
Al principio fue alto, espigado, de un color blanco aunque saludable y de
formas bien definidas; pero el tiempo lo tornó amarillento, lo hizo empequeñecer
y lo arrugó con sus implacables manos en forma de días.
Ahora le quedaba poco, demasiados errores acumulados, insalvables. Solo él
permanecía abajo, expectante, atento a los gestos y murmullos de Manuel,
el único espectador de unas lagrimas que día tras día no dejaban de rodar
por aquella piel blanda y mustia, lagrimas de impotencia que a veces
acababan mojándolo e incluso apagándolo.
Le costaba escuchar lo que susurraba, aunque cuando se acercaba a sus dientes
lograba descifrar algo. Ya diminuto, a punto de extinguir su existencia, el
Ducados de Manuel, en su agonía, logró aprender las palabras de su verdugo.
- Solo me quedas tú y siempre te acabas.

Dama nocturna


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3 respuestas

21 11 2006
JM Soriano

maravilloso

21 11 2006
vanessae

Felicidades, me encanta como escribes.

21 11 2006
Jorge

Un texto impecable. Enhorabuena.

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