Lo primero que llama la atención del huertano que pasea por Manhattan es la ausencia de basura en sus calles, ya sean papeles, colillas o folletos publicitarios. En realidad no es algo tan sorprendente, el suelo de mi propia casa carece de tales elementos. Así que, fiel al instinto gregario, cuando te comes un chicle o un hot dog buscarás una papelera para depositar los residuos pero… ¿dónde coño están las papeleras de Manhattan? Ahí me teníais, en plena Times Square con un papelillo de chicle en la mano a las diez de la mañana, con miedo a encender un cigarrillo por qué hacer con la colilla. Pero el vicio es fuerte. Vamos, que cuando llegué al hostel en mi bolsillo había más colillas que en el cenicero de Garci y eso por no hablar de los papeles de chicle, las servilletas de la comida y los flyers que anunciaban tours en barco, helicóptero, tiendas de moda, restaurantes, entradas para el fútbol, obras de teatro, planes de pensiones, festivales de verano, propaganda revolucionaria, manifestaciones patrióticas dominicanas o ciclos de Pedro Almodóvar.
Lo inquietante es que no se puede decir que los neoyorkinos no generen residuos, con esta manía de comprar la comida en los carritos de hot dog que empujan los turcos o los nicaragüenses, hot dog por decir algo, que ahí puedes comprar desde donunts hasta sushi, pasando por la comida tradicional de los cinco continentes y con una oferta vegetariana que ya quisiera Los Girasoles*. Vamos, que para qué necesita Mercadona unos almacenes centrales cuando cabe tanta comida en dos metros cúbicos. El caso es que estaba yo por pedirme un arros anb costra en la quinta avenida cuando sentí auténtico pánico al ver que me lo servían sobre dos servilletas, y no es que sea un sibarita que sólo puede comer sobre porcelana y con cubertería de plata, pero qué carajo iba a hacer luego con las servilletas. ¿Qué hacen con ellas los neoyorkinos? ¿se las llevan a casa? ¿se las comen? ¿quizá las queman y las echan a las cloacas? ¿es por eso que las alcantarillas de Nueva York escupen humo todo el tiempo?
Debo reconocer que nunca pude resolver el misterio. Durante semanas le estuve dando vueltas y más vueltas. Hasta que un buen día, mientras daba buena cuenta a unas habas en El Mochuelo y dejé una de las vainas vacías en la barra, sentí un garrotazo que me enderezó la espalda mientras el Pueblo me gritaba al oído: “¡Acho! ¿Las estás guardando pa llevártelas a casa? ¡Tíralas al suelo, hombre, que eso es una guarrada!”…
Extrañamente reconfortante.
JM Soriano
* Los Girasoles: Restaurante vegetariano por excelencia de Murcia.
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