Comprender la historia

10 09 2006

Cuando un hecho se convierte en histórico, deja de ser humano. Las fechas, los lugares, los acontecimientos se convierten en hitos que narran, pero no explican ni permiten comprender y, más aún, interiorizar y sufrir por ellos. El mejor tratamiento para la Historia, para que de verdad duela y perdure como nuestra, es comprenderla. Y para ello es imprescindible que la conozcamos y conozcamos a sus protagonistas no como héroes, sino como humanos. Seres imperfectos ante hechos perfectos.

La Transición española, como Ley de Punto Final, nos hurtó la posibilidad de conocer y comprender nuestra historia más reciente. Ese pasado silenciado a golpe de Constitución y Democracia que, por suerte, se remueve en su tumba y, como zombi, intenta recuperar su terreno, su memoria, su derecho a ser comprendido, sentido y dolido.

La recuperación de la memoria histórica y la literatura se han dado la mano. Una literatura que se aprovecha de las voces, que recoge testimonios y atesora documentos y que reconstruye, en beneficio de todos, las vidas y muertes de los que lucharon contra la dictadura y el franquismo. Seres humanos reales, verídicos personajes que existieron y que sobreviven con el lastre de los vivido, vuelven a la no-vida de la posguerra en libros memorables que nos dan aquello que nos niega la historia: la Vida.

En general, todas estas novelas narran historias reales, de personajes que cuentan cómo las vivieron, y los momentos históricos son fondos en los que se desarrollan historias de lucha por la dignidad y por la vida. Por esto, cada novela puede aportar luz y dolor a un período determinado.

  • Soldados de Salamina, de Javier Cercas, fue la primera muesca en la lucha por la recuperación de la memoria. Un camino abierto, una senda que otros han seguido.
  • La voz dormida, de Dulce Chacón, nos aporta la dureza de la vida en prisión y la crueldad de la vida en el monte de los guerrilleros.
  • Las trece rosas, de Jesús Ferrero, cuenta el cruel fusilamiento de trece menores inocentes de la cárcel de Las Ventas. Carlos Fonseca ha editado la versión historiográfica del hecho, para quien le interesen las comparativas.
  • Los rojos de ultramar, de Jordi Soler. La huída de España y el interminable exilio.
  • Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón. La guerra intelectual. John Dos Passos, Hemingway y Orwell también lucharon contra Franco.
  • El vano ayer, de Isaac Rosa, construye el pasado desde el presente narrando la resistencia en las universidades.
  • Caza de rojos, de José Luis Losa, cuenta los últimos momentos de la resistencia en ciudades como Madrid, laberinto de ideas.

Julia Conesa, una de las trece rosas, murió a los diecinueve años, fusilada en Madrid contra la tapia del Cementerio de La Almudena. En su última carta, pidió que su nombre no se borrara en la historia.

Que no se borre el de nadie.

Ruth





El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga.

14 07 2006

Mirando mis libros, me doy cuenta de que siempre he perseguido a Bernardo Atxaga, aunque la mayor parte de las veces él ha llegado hasta mí de casualidad. Aquella extraña edición de Dos hermanos, o su autógrafo en El hombre solo. De todo lo leído, puedo afirmar que Atxaga es un hábil antagonista. Su Obaba no sería nada sin el otro mundo al que se enfrenta. Y no por ser mundos contrapuestos Obaba sale perdiendo. Al contrario, Obaba sólo es real, y lo parece, por contraposición. Como lectora desde el otro mundo que no es Obaba, he llegado a dudar de mi propia realidad.El hijo del acordeonista llegó también de casualidad. Había despertado mi interés pero, a la espera de una edición de bolsillo, había ido posponiendo la decisión de leerlo. Un regalo y un “léelo tú primera, que eres más rápida”, me dieron la oportunidad.

Es una novela sobre un manuscrito y una vida, en la que cuenta lo que no está escrito (y Atxaga es un maestro de la “no escritura”). El autor nos desliza por la memoria de la Guerra Civil, la posguerra y la Transición, de la mano de un personaje que lucha contra lo que es y huye de lo que no es. El personaje de David, con un valor difícil de describir, se resiste a olvidar todo lo que pugna por desaparecer: la lengua, el pasado, el futuro,…,. La metaliteratura, siempre tan reveladora en Atxaga, nos descubre un corazón donde sólo creímos ver tinieblas y escribe sobre lo escrito desdoblando al personaje y haciendo verdad aquello de que no somos capaces de conocernos ni a nosotros mismos.

¿Lo peor de la novela? Que se termina.

Ruth Adsuar





La impostura americana

31 01 2006

En 1996 el escritor y periodista ilicitano Vicente Verdú (n. 1942) fue galardonado con el XXIV Premio Anagrama de Ensayo por su libro El planeta americano. Ahora, ya en pleno siglo XXI y sumidos como estamos en el primer conflicto bélico de gran magnitud del nuevo milenio, se hace especialmente oportuna la lectura de esta magnífica obra de análisis sociológico, en la que queda delineada de un modo extraordinario la particular idiosincrasia de ese país llamado Estados Unidos. Página a página, el autor va desguazando la particular (y en muchas ocasiones espeluznante) personalidad colectiva de la nación más poderosa del mundo, enriqueciendo su exposición con numerosos datos estadísticos, interpretaciones económicas y politológicas y no pocas anécdotas personales. Y es que Verdú vivió durante un tiempo en ese país, y tan horrorizado regresó a la “vieja Europa” (ya saben, la senil Europa de Aristóteles, Cervantes y Beethoven) que se decidió a exorcizar sus fantasmas escribiendo un ensayo a modo de grito liberador.
Estados Unidos se considera a sí mismo como el país que inventó la democracia y en el que hay más libertad; esta idea, profundamente falaz, es la que se les inculca a los niños americanos desde que son muy pequeños, con el objetivo de “fabricar” buenos patriotas que no rechisten pase lo que pase y que sean tan inconscientes como para elegir como presidente a cualquier bobalicón (v.gr. George W. Bush). Porque, que no se engañe nadie, USA no es ese lugar utópico y deseable que nos venden las películas de Hollywood, sino todo lo contrario, como demuestra Verdú de un modo prácticamente irrefutable. A través de varios capítulos con temas muy específicos, El planeta americano va mostrando la verdadera naturaleza norteamericana, llena de violencia, hipocresía, clasismo… Los datos hablan por sí solos y son auténticamente heladores: el 46% de la riqueza está en manos de un 1% de la población, se produce un homicidio cada 14 minutos (22.000 al año, muchísimos más que en cualquier otro país), hay 1100 asaltos callejeros y 33 violaciones al día, los telediarios sólo emiten noticias de desastres naturales y de deporte (no hay información internacional) y la televisión vomita 45 reality shows cada jornada… Mueren al año muchos niños en hospitales de Nueva York (no pensemos en otras ciudades) por falta de atención médica, ya que en Estados Unidos ni los que no producen beneficios para el erario público (parados, mendigos, inmigrantes sin trabajo…) ni sus hijos tienen derechos, ni sanitarios, ni de otro tipo; el 80% de los jóvenes es partidario de la pena de muerte, aplicada en 38 estados; negros, hispanos y orientales son tratados de un modo racista lo que contribuye a la desintegración social… Los intelectuales son despreciados sistemáticamente en ese país (incluso los premios Nobel son despedidos de las empresas si se dedican a “investigar” en lugar de fabricar cosas que den buenos dividendos), y todo lo que huele a europeo es desterrado de inmediato para evitar contagios… Y todo esto ocurre mientras la población reza a su dios particular (que luce una túnica con barras y estrellas) en una nación en la que hasta el ateísmo es ilegal.
Podríamos seguir con esta lista de barbaridades y llenar con ella muchas páginas, pero lo más conveniente es que el lector interesado acuda al libro de Verdú. Lo único que pretendemos con esta breve reseña es alertar del profundo cinismo con que ha actuado durante toda su breve historia Estados Unidos, cinismo perfectamente dibujado en El planeta americano. USA, un país donde los estudiantes de los últimos cursos de la high school no saben ubicar en un mapa en blanco ni su propia patria (no es broma ni exageración), donde el dólar y la ignorancia son las principales señas de identidad y donde aquello que no gusta es eliminado a tiros, lleva más de un siglo en guerra con el mundo, justificando sus desmanes con argumentos más ridículos cada vez. Ahora le ha tocado a Irak (cuna de la Humanidad, madre de la escritura…) ser el blanco de la ira yanqui. ¿El motivo? Ser una “amenaza” para el mundo. ¿Cómo va a ser una amenaza un país depauperado, desarmado (si algo de armamento le queda, está inservible) y totalmente oprimido por años de dictadura? A Estados Unidos todo le da igual mientras deje el pabellón bien alto ante sus autistas ciudadanos y consiga “su petróleo”, enterrado “por error” en Oriente Medio. Y lo más terrorífico es que muchos países (España especialmente) están empezando a imitar al vecino norteamericano… Quién sabe, tal vez dentro de 20 ó 30 años cualquier francés, noruego o chino que visite Irak piense lo mismo que un soldado americano que, al ver el país enemigo, exclamó: “¡Qué atrasados que están estos individuos! Todavía no he visto un McDonald´s.”

Jorge Fernández Jaén